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Christian Ponce: Maestro de “Mariachi” del High School de The Woodlands


¡Así la música mexicana une y transforma corazones de todo el mundo!


Conocí a Christian y a su talentoso grupo “Mariachi” en un concierto de Navidad muy especial, organizado para apoyar la recuperación física de Kikín, otro de los protagonistas que hemos tenido el honor de entrevistar en WoodlandStories Magazine. Aquella noche, mientras el público se emocionó, Christian, además de dirigir, hizo de fotógrafo. Ver y escuchar a jóvenes de distintas nacionalidades interpretar música mexicana y villancicos con gran alegría, fue la mejor muestra de que el talento no entiende de fronteras. Cuando hay pasión, disciplina y un maestro que cree en ellos solo hay que disfrutar.


Luego lo busqué para saber más de él y de su pasión musical. Fui a The Woodlands High School y en sus pasillos no solo se escuchan campanas que anuncian el cambio de clase. Desde uno de los salones del área de Artes, emergen sonidos que conectan generaciones, culturas y emociones: guitarrones, violines, vihuelas y voces jóvenes que, juntas, cuentan una historia distinta.


Ahí está Christian Ponce, 28 años, director de “Mariachi” y asistente de Orquesta. Un maestro joven que no levanta la voz para imponer autoridad, sino que dirige desde la cercanía, la pasión y el ejemplo. Conversamos Sin Libreto, donde quedó claro que lo que ocurre en su aula va mucho más allá de la música.


La música siempre estuvo en mi casa”, nos dice Christian. “Mis padres ponían mariachi mientras limpiaban, después de la cena, en las reuniones familiares. Eso se me quedó grabado”. Nació en Pasadena, Texas, dentro de una familia mexicana donde la música no era un lujo, sino una forma de estar juntos.


Ese amor temprano se convirtió en vocación cuando, a los 11 años, tomó por primera vez una viola en la cafetería de su escuela. No sabía leer música, no conocía el instrumento, pero algo hizo clic. La música se volvió su refugio, su lenguaje y su lugar seguro en una etapa donde no siempre se sentía socialmente cómodo.


Elegir enseñar, cuando el camino fácil es otro


Christian no eligió la música por comodidad. Eligió quedarse cuando muchos se van. Eligió enseñar cuando otros buscan escenarios más visibles. Lo hizo inspirado por los maestros que tuvo en la preparatoria, aquellos que —como él mismo recuerda— “hacían mucho más de lo que decía su contrato, simplemente porque les importaban los estudiantes”.


Estudió música, se graduó en 2020 y comenzó a dar clases en una junior high. Pronto entendió que quería trabajar con adolescentes mayores, acompañarlos en una etapa compleja, intensa y decisiva. En 2022 llegó a The Woodlands High School, donde una pregunta marcaría su destino:


—¿Sabes de mariachi?—Claro que sí —respondió—. Crecí con esa música.


Lo que no sabía entonces era que estaba a punto de construir, casi desde cero, uno de los programas de mariachi más significativos de la zona.


Un mariachi que rompe estereotipos


El “Mariachi” que dirige Christian no responde a clichés. No es un grupo exclusivamente mexicano. En sus filas hay estudiantes estadounidenses, venezolanos, chilenos, indios, rusos y de múltiples orígenes.


Solo tenemos dos o tres estudiantes mexicanos”, explica. “Y, aun así, todos respetan profundamente la cultura, aprenden el lenguaje musical, las tradiciones, el significado de cada canción. Eso es lo más hermoso”.


En un contexto donde The Woodlands no es tradicionalmente un área asociada a la música mexicana, el mariachi se ha convertido en un puente cultural. Un espacio donde la identidad no excluye, sino que invita.


Música en tiempos de pantallas


En una generación hiperconectada, captar la atención de adolescentes no es tarea sencilla. Cristian lo sabe y no lo evade.


“Si pierdo su atención, se van al celular, a otra cosa”, dice con honestidad. “Por eso trato de hacer los ensayos lo más dinámicos posible, pero, sobre todo, los conozco como personas”.


Su mensaje es claro: no todos serán músicos profesionales, pero todos pueden llevarse algo valioso. Disciplina, trabajo en equipo, sensibilidad, constancia. “La música no se acaba aquí. Tengo exalumnos que hoy están en la universidad y siguen tocando, aunque sea en grupos pequeños. Eso ya es una victoria”.


Crecer, literalmente, juntos


En solo un año, el mariachi pasó de 15 a casi 30 integrantes. Duplicaron su tamaño. Han sido invitados a eventos del Mes de la Herencia Hispana, conciertos escolares y presentaciones fuera de Houston. Compiten, viajan y se presentan ante públicos que los reciben con entusiasmo, aunque no busquen la perfección técnica.


“Verlos con el traje de “Mariachi”, tan jóvenes, frente a un público que los aplaude… eso no tiene precio”, confiesa Cristian.


Ese crecimiento también trae retos: faltan instrumentos, trajes y recursos para recibir a las nuevas generaciones. Por eso hoy busca patrocinadores y donaciones, con la visión de expandir el programa incluso a las junior high feeder schools.


Un maestro que también aprende


Cristian no romantiza su rol. Reconoce el trabajo invisible que implica sostener un programa de alto nivel. Recuerda cómo, al inicio, llegaba a casa a practicar guitarra y estudiar repertorio para estar “una semana adelante” de sus alumnos, tal como le aconsejaron sus propios profesores.


Agradece profundamente a su mentor, Mr. Michaelsen, director de orquestas y responsable del área de Artes, quien inició el programa de “Mariachi” y confió en él para continuarlo. “Sin su apoyo y su experiencia, esto no sería posible”.


Más que música, pertenencia


Al final de la conversación, Christian lanza una invitación sencilla pero poderosa a todos los estudiantes:


“Vayan, entren al salón, escuchen. Aunque no sepan tocar. El interés empieza ahí. Y nunca es tarde para aprender un instrumento”.


En ese mensaje se resume todo. Porque lo que Christian Ponce está construyendo no es solo un programa musical. Es un espacio donde los jóvenes encuentran identidad, propósito y una comunidad que los sostiene en una de las etapas más complejas de la vida.


Y mientras “Mariachi” siga sonando en The Woodlands High School, habrá historias que —como esta— merecen ser contadas.






 
 
 

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